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jueves, 6 de julio de 2017

Los costes de la normativa


La Comisión Europea publicó, hace ahora un año, un informe llamado "Evaluación del Coste Acumulativo" (Cost Cumulative Assessment CCA) según el cual, el coste económico derivado de la implementación de las principales regulaciones que afectan a la Industria Química Europea, se ha duplicado entre 2004 y 2014, hasta alcanzar un valor equivalente al 12% del valor añadido del sector. Y recalco que estos datos no los dice la industria, los publica la Comisión Europea.

En el caso de la Industria Química Española, FEIQUE estima un impacto económico anual de unos 1.000 millones de Euros, siendo de 10.000 millones para el conjunto del sector en Europa.

Este estudio de la Comisión forma parte del proceso de mejora de la regulación (Better Regulation Process) en el que llevan tiempo trabajando las instituciones europeas, orientado a simplificar la normativa de la UE y reducir los costes que ésta ocasiona a sus empresas y, a la postre, establecer un marco regulatorio menos complejo, más estable y más previsible.

Es evidente que el marco regulatorio europeo para los productos químicos, junto con los propios esfuerzos desarrollados por la Industria, juega un papel esencial de palanca de innovación para garantizar la protección de la salud de las personas y del medio ambiente, pero también ha generado una excesiva carga económica y burocrática que impacta negativamente en las empresas implantadas en Europa y reduce su capacidad de competir en mercados exteriores.

Los paquetes legislativos sobre Emisiones Industriales, Productos Químicos (evaluación, registro, clasificación y etiquetado) y Seguridad de los Trabajadores generan casi el 86% del coste regulatorio estimado. Creo que el Director General de FEIQUE, Juan Antonio Labat, explicó correctamente la cuestión en su momento: “el problema no es que exista una regulación en estos ámbitos, que debe existir y que apoya el propio sector, sino que debe elaborarse de modo que no genere un coste económico que reduzca la competitividad de nuestras empresas, algo que no ha ocurrido en la última década. La sucesión de tasas y otras figuras impositivas, así como las cargas administrativas y los costes de operación e inversión que supone la legislación actual y su continua modificación, está afectando negativamente a nuestra capacidad de competir”.

Se debe tener en cuenta que los costes recogidos en el estudio constituyen sólo una parte de los costes totales que se derivan de la regulación a la que está sometida la Industria Química, y por tanto, no corresponden a la totalidad. Los costes imputables a la legislación horizontal de toda la industria y la actividad económica, que lógicamente también afectan al sector, o a la legislación específica nacional, no han sido incluidos en este estudio.

A pesar de que el informe indica que los costes se duplicaron entre 2004 y 2014, no arrojó todavía, en esta primera fase, conclusiones firmes acerca de su impacto sobre la competitividad global del Sector Químico Europeo, más allá de la estimación de su coste. Supuestamente, a este informe seguirá una segunda fase de validación, en el que la Comisión Europea elaborará un benchmarking comparativo de estos costes con respecto a otras regiones del mundo, lo que permitirá realizar una valoración del impacto sobre la competitividad a una escala más amplia.

Estamos aún a la espera de esa segunda parte del trabajo. De todas maneras, aquí puede descargarse el informe en su estado actual: Cumulative Cost Assessment for the EU Chemical Industry - Final Report

La Industria Química Europea, Española o la Vasca no trabajan por capricho. Funcionan porque los productos que salen de sus instalaciones son imprescindibles para nuestra calidad de vida.

Es evidente que, como toda actividad humana en mayor o menos medida, y nadie puede negarlo, la actividad industrial implica afecciones sobre el medio ambiente y genera riesgos. Es responsabilidad de las empresas gestionar ambos aspectos con la máxima diligencia y cuidado y es perfectamente legítima la aspiración de la sociedad, que transmite a sus gobiernos democráticamente elegidos, de que la legislación que regula esas actividades sea exigente, muy exigente si me apuran, si está dispuesta a pagar el precio que ese nivel de exigencia supone.

Porque sucede que las reglas del mercado son muy claras y suponen que el coste de una medida adicional de protección, aplicada sobre todo un sector por igual, elevará los precios pero no afectará a la competitividad de las empresas. Si aplicamos un sobre-coste igual a todos los, por ejemplo, productos para la limpieza de las piscinas, dado que es imprescindible limpiar las piscinas y depurar el agua para poder utilizarlas y no queremos dejar de hacerlo, todos los usuarios pagaremos un poquito más, si la legislación que se aplica a los fabricantes de los productos es más rigurosa.

Hay un par de matices a este respecto. Uno de ellos, en el que incidió Juan Labat en su día en su comentario, es que ni la Industria Química Europea, ni la Vasca se quejan por la rigurosidad de la normativa, ese no es el problema. Nos quejamos del cambio constante, de la improvisación y de la cara de asombro que se nos queda cada vez que leemos una nueva Directiva, un nuevo Reglamento o un Real Decreto.

Nos quejamos de que, después de haber hecho un esfuerzo muy grande para adaptarnos a una norma, dos días antes de entrar en vigor definitivamente, nos cambien las reglas. Y esto es algo que ha sucedido, tal cual. Nos quejamos de que la Ley IPPC estableció 8 años de plazo para renovar las Autorizaciones Ambientales Integradas, y antes de que terminara ese plazo, antes de poder llegar decir con cierto criterio si el sistema funcionaba o no, la Unión Europea ya nos había cambiado las reglas y los 8 años ya no contaban.

Exigencia, sí, por supuesto; nivel de protección muy elevado, sí, claro, por supuesto; pero... con planes a largo plazo y una evolución previsible de dicha exigencia.

Un segundo matiz, del que está muy de moda hablar últimamente, se sitúa en la palabra "mercado". La cuestión es que, en el mundo actual, de mercados globalizados, en el que personas, mercancías e inversiones viajan a tanta velocidad, ese incremento uniforme de costes asociados a normativa que afecta a todos por igual, si deriva de una norma de la Unión Europea, no es uniforme, ni es universal.

Todos los comercializadores de productos químicos de la Unión Europea, por ejemplo, destinados a los procesos de tratamiento superficial de una pieza, como dar el acabado brillante y lucido de la manilla de una puerta, tienen reglas comunes y, ya sea por su fabricación dentro de Europa o por importación, deben asumir unos costes muy elevados de registro y evaluación de los productos químicos utilizados.

Sin embargo, la importación de las manillas de las puertas, ya tratadas y listas para instalar, no tiene que asumir ninguno de esos costes, ni los de registro de los productos químicos utilizados, ni las cargas medioambientales y de seguridad que asumen las fábricas que realizan el tratamiento.

La experiencia nos dice que, para afrontar este problema, fragmentar y cerrar mercados, poner aranceles, no funciona a largo plazo y que la única solución esta en elevar el nivel de exigencia que los competidores globales aplican en su propia legislación. Unificar y armonizar la exigencia técnica de la normativa ambiental, de seguridad, de protección de los consumidores y un largo etcétera.

Y es para eso, precisamente para eso, para lo que se ha firmado el acuerdo CETA (Comprehensive Economic and Trade Agreement) con Canadá y se está (o estaba, ahora con la administración Trump no lo sabemos) negociando el TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) con los Estados Unidos.

Ni el CETA, ni el TTIP reducen la exigencia, ni van a reducir los costes asociados a la normativa que asume la Industria Química Europea. De hecho, los aspectos asociados al Reglamento REACH y a los costes de registro y evaluación de sustancias químicas se han quedado fuera de los acuerdos porque el nivel de exigencia europeo es mucho más elevado que el que se aplica al otro lado del Atlántico.

Sin embargo, las exigencias del Reglamento CLP, de etiquetado y envasado de productos químicos, han entrado plenamente y, con algún ligero matiz, la idea es que tanto Canadá, como Estados Unidos, apliquen la misma sistemática de identificación que se aplica ya en Europa, a partir del proyecto GHS, patrocinado por Naciones Unidas.

Quedan muchos, muchísimos años, para poder firmar con China, con el Sudeste Asiático, con India, con Latinoamérica o con Oriente Medio acuerdos similares al CETA y el TTIP, que hoy por hoy solamente son posibles en el ámbito del G8 (o G7, mientras Rusia siga suspendida). Básicamente porque el salto normativo que tendrían que dar esos mercados para alcanzar a Europa, Canadá o EEUU es demasiado grande, pero ojalá fuera posible hacerlo y unificar un elevado nivel de protección de la seguridad y el medio ambiente a nivel global, que dé el mismo amparo, los mismos derechos sociales y de protección de su salud que tiene un trabajador de la industria química de Zierbena y los de una trabajadora de la industria textil de Dhaka. La seguridad alimentaria que disfrutan los ciudadanos y ciudadanas de Hamburgo o los de Managua.

"De eso va" el CETA y el TTIP. No de otra cosa. Qu no les engañen.


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jueves, 18 de mayo de 2017

Es mejor no saber


En el día a día, cada vez con mayor frecuencia, cuando trato de explicar algo relacionado con la Sostenibilidad de la industria… por ejemplo, explicando con palabras sencillas cómo se elabora una mayonesa industrial, me encuentro con una respuesta que me preocupa mucho y que pone en cuestión todo el sistema democrático: “Es mejor no saber”.

¿Que exagero?... no creo.

Una de las citas de Nelson Mandela más conocidas es aquella que dice: “La educación es el arma más poderosa que podemos usar para cambiar el mundo” a la que yo añado: la educación, el conocimiento... "saber", al fin y al cabo, es la cura para casi todos los males que azotan a la humanidad, cura la intolerancia, el racismo, la xenofobia, previene la violencia y es la base de la ciencia que curará las enfermedades.

El populismo, al igual que los curanderos, adivinos y demás falsarios, nos ofrece certezas, respuestas simples a problemas complejos. La realidad es complicada y nunca, se lo aseguro, nunca es una cuestión de buenos y malos. Nada en este complejo mundo es absolutamente malo y nada es absolutamente bueno.

El populismo miente con descaro. Coquetea con el racismo, cuando no lo abraza abiertamente, y siempre busca a un culpable. Alguien humano, preferiblemente un colectivo lo suficientemente difuso para que podamos odiarlo sin remordimientos, pues no lo identificamos con una persona concreta, con un igual, se trata, simplemente, de “otros”.

Así lo hicieron los nazis con tanta eficiencia. Los nazis decían que los graves problemas que tenía Alemania en los años 30 no eran consecuencia del militarismo desbocado que condujo al país a perder de forma desastrosa la 1ª Guerra Mundial. No. Decían: “No os preocupéis, la culpa no es vuestra, es de los judíos”…. El pueblo alemán, abrumado por la situación, angustiado por el miedo, pensaba, “No. Mi vecino Salomón no tiene la culpa, él es bueno, son otros judíos los culpables…” y ya saben cómo terminó la historia.

El populismo ha ido cambiando de enemigos, según su conveniencia, los judeo-masones, los inmigrantes, los musulmanes, “la casta”, “los yanquis”… las multinacionales…. Pero siempre han tenido rasgos en común: respuestas sencillas a problemas complejos, usar el miedo como palanca y tratar de que el pueblo piense lo menos posible por su propia cuenta, decirle, en una formula muy simple, qué tiene que pensar y nunca, jamás, darle elementos de juicio para poder decidir. El populismo no los necesita, no los quiere porque si el pueblo piensa por su cuenta, desaparece.

Y lo peor de ello es que eso nos gusta. Nos permite seguir pensando que somos dueños de nuestro destino mientras decimos “Es mejor no saber”….

Cuentan que Otto von Bismarck, el “Canciller de Hierro”, el gran estadista alemán artífice de la unificación del país, pero que nunca destacó precisamente por su talante democrático, dijo una vez: “Las leyes son como las salchichas, es mejor no saber cómo se hacen” (Gesetze sind wie Würste, man sollte besser nicht dabei sein, wenn sie gemacht werden – más exacto: “es mejor no estar allí cuando se hacen")…  sustituyan “salchichas” por la “mayonesa industrial” y…. voilá…. "Es mejor no saber".

Y es entonces cuando llegan las elecciones o los referéndum y, como ciudadanos, tenemos que decidir y nos echamos las manos a la cabeza con las decisiones. ¿Cómo es posible que haya ganado el Brexit en Reino Unido?... pero si es evidente que es mucho mejor estar en la UE que fuera.... ¿es que no piensan?.... y la respuesta es no, no pensamos, no queremos pensar porque "Es mejor no saber" y confiar en los mensajes sencillos que los populistas nos ofrecen.

Hace unos meses leía un artículo sobre el TTIP (Transatlantic Trade Investment Partnership) de un politólogo al que leo a menudo que se llama Roger Senserrich, que vive a caballo entre la realidad de los Estados Unidos, donde reside, y la de España. Me gustan mucho sus análisis y sus diagnósticos, con los que generalmente coincido. El TTIP pretende unificar los requisitos de comercialización de productos y servicios entre Estados Unidos y la Unión Europea. Para explicarlo de forma sencilla: si los requisitos de las tapas de alcantarilla son los mismos en Europa y en Estados Unidos, un pequeño fabricante de tapas de alcantarilla no tendrá que hacer series diferentes y moldes distintos para tiradas más cortas, podrá hacerlas todas iguales y competir a ambos lados del Atlántico, mejorando la calidad, reduciendo precios y favoreciendo que a los ciudadanos nos cueste menos dinero tener una calle bien urbanizada con buenas tapas de alcantarilla, menos propensas a romperse y producir accidentes.

Senserrich teorizaba en el artículo sobre el quijotismo de la izquierda española (europea en realidad) empeñada en combatir algo que a nadie importa, mientras que la derecha, limitándose a recitar los problemas de los ciudadanos sin dar una sola solución, gana elección tras elección... pero, desde mi modestia, creo que se confunde en una aspecto. El visceral e injustificado ataque al TTIP no es quijotismo, es parte de una táctica mucho más amplia, entiendo que improvisada pues no responde a un plan preconcebido, que busca aspectos complejos de la realidad para declararlos "malos" y combatirlos, obtener pequeñas victorias con las que tratar de convencer al ciudadano, que prefiere "no saber", de que están defendiendo sus intereses.

Antes del TTIP fue el fracking, antes los transgénicos, la energía nuclear o una reforma de la contratación laboral bien planificada... da los mismo. Los argumentos contra el TTIP no se sostienen. No resisten el menor análisis, pero utilizan las palabras clave, aquellas que dan miedo y que nos impiden pensar: cáncer, peligro en la alimentación de nuestros hijos, secreto, conspiraciones y, por supuesto, un enemigo: las multinacionales... y como pensamos, "es mejor no saber", nos creemos que la legislación europea sobre aditivos alimentarios, por ejemplo, puede reformarse sin que nos enteremos, algo que no tiene ni pies, ni cabeza.

La fabricación de una mayonesa industrial comienza en Brasil o Argentina donde se cultiva la soja. Se recolecta, se carga en grandes barcos que viajan hasta el abra exterior del puerto de Bilbao, donde descargan las semillas en una fábrica ubicada al borde del mismo muelle.

Si presionamos una aceituna lo suficiente, produciremos aceite (el llamado virgen extra), sin embargo una semilla de soja, que contiene un 20% de un aceite vegetal de buena calidad, de sabor más neutro que el de oliva, mucho más barato y con un magnifico equilibrio nutricional de ácidos grasos, por mucho que la apretemos, no rezumará más que un mínimo porcentaje de ese aceite.

En esta fábrica, muelen y laminan las semillas y se mezclan con un disolvente orgánico, el hexano de grado alimentario, uno de los productos estrella de las refinerías de petróleo. Vigilado hasta el extremo en su pureza y calidad.

El disolvente arrastra el aceite y deposita las partes sólidas de las semillas, mayormente proteínas vegetales de gran calidad que se utilizan en la fabricación de piensos. La mezcla de aceite y hexano es sometida a un proceso de stripping y refino, que elimina el hexano del aceite, que, una vez analizado en laboratorio, queda listo para consumo humano.

Uno de los destinos de ese aceite es otra fábrica, al otro lado de la ría, en la que se utiliza, entre otras muchas cosas para elaborar mayonesa, o ketchup, o margarina... de marcas muy conocidas. Un producto de gran calidad, probadamente seguro y que todos hemos consumido y saboreado.

A lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI, la incidencia de toxinfecciones alimentarias y las muertes de ellas derivadas, por ejemplo, de la salmonelosis, ha descendido dramáticamente.

La industria, haciendo bien su trabajo, ha conseguido que un producto tan seguro y de tanta calidad tenga un precio accesible para prácticamente todas las capas sociales, no permitiendo, como sucedía en otros tiempos, que la enfermedad tenga mayores incidencias según la capacidad adquisitiva de los individuos.

"Es mejor no saber"...  pues, ¿qué quieren que les diga?, yo prefiero saber. Saber cómo se elabora un producto que consumo. Ser consciente de que no es un producto "artesanal", fabricado ilegalmente en el garaje de un domicilio particular, con instrumentos de dudosa higiene y utilizando huevos que se han pasado días sin refrigeración... yo prefiero saber y, como adulto, valorar y decidir.

Prefiero saber que la industria y las autoridades hacen bien su trabajo y que sí, que hubo un tiempo en el que toda la comida era ecológica, no había vacunas, ni productos químicos. Se llamaba edad de piedra y 9 de cada 10 niños no llegaban a ser adultos.

En la era de Internet ya no hay excusa. Comprueben siempre lo que les cuentan. Enseñen a sus hijos a investigar, pensar, valorar y tomar sus propias decisiones. Ser libres para decidir es la base de la democracia y, el conocimiento, es la base sobre la que podemos y debemos decidir.

Siempre es mejor saber.

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domingo, 13 de noviembre de 2016

Divulgación indignada y mentiras sobre el TTIP


Cada día estoy más convencido de que me hubiera gustado ser químico... o ingeniero. Estoy casi seguro que, si en 2º de BUP (4º de ESO para los más jóvenes) hubiera tenido un profesor de física y química y uno de matemáticas que hubieran sabido motivarme en ese momento crítico de la adolescencia, hubiera ido "por ciencias"... seguro.

Y es que la ciencia, en concreto la química, cada día me gusta más... y cada día, desde mi modestia, me gusta más divulgar: explicar a personas no expertas, tratando de llevarlas a palabras sencillas, las maravillas de la ciencia y de la técnica que cada día veo que se hacen en la industria.

Al hacerlo, cuando me invitan a dar una charla o escribo alguna colaboración, no puedo evitar sentirme un poco intruso... al fin y al cabo, ni soy científico, ni soy comunicador.

Es quizás por ello que sigo con devoción los blogs y las publicaciones de muchos y muy buenos divulgadores, tanto científicos como periodistas, y aprendo mucho de ellos y de ellas todos los días. No puedo nombrar todos, ni quiero aburrirles con ello, pero me permitiré recomendarles el Blog del Búho de Yanko Iruin, Cóctel de Ciencias de América Valenzuela,  Magonia de Luis Alfonso Gámez, Dimetilsulfuro de Deborah García Bello o Tomates con Genes de J.M.Mulet.

Leyendo muchos de sus artículos, aún me llama la atención cuando, en ocasiones, la indignación del autor o de la autora con, por ejemplo, el uso despectivo de la química en la publicidad o una campaña de una empresa de homeopatía, hace que se eleve el tono del artículo, hasta llegar a parecer incluso agresivo.

Por ejemplo, me llamaba especialmente la atención el tono de denuncia de que utiliza J.M.Mulet contra esa multinacional llamada Greenpeace: "Greenpeace y el arroz dorado: historia de una infamia" o contra organizaciones más cañís "Facua y el Dalsy, ¿error o mala fe?" o lo elevado del tono de algunos titulades de Luis Alfonso Gámez: "El 8 de noviembre, Día Mundial sin Wifi y del Periodismo Gilipollas"

Yo, desde mi ignorancia, pensaba que exageraban. Que, en fin, todo sería cuestión de posturas científicas y de opiniones contrapuestas... no entendía el tono indignado en el debate.

Y en estas estaba yo, en favor de la moderación, un tanto asombrado, cuando las mismas organizaciones que indignan a mis admirados divulgadores, comienzan una campaña contra algo en lo que yo trabajo. En un ámbito en el que, si me permiten la presunción y la falta de modestia, puedo considerarme "experto": los acuerdos internacionales y el Derecho Europeo. Comenzó la campaña contra el TTIP, el Acuerdo Trasatlántico de Comercio e Inversión.... y, se lo confiseo, me han hecho falta dos conversaciones sobre el tema con enemigos del acuerdo para entender, perfectamente, a los divulgadores científicos indignados.

El TTIP es un acuerdo entre la Unión Europea y los Estados Unidos que pretende extender la esencia de la construcción original del Mercado Común Europeo a la relación con los Estados Unidos: unificar las exigencias técnicas y de homologación de productos e inversiones, de modo que la unidad de mercado vaya un paso más adelante de la eliminación de aranceles y los mismos productos, exactamente los mismos, puedan venderse en Bilbao, Varsovia, Berlín.... o en Los Ángeles.

¿Eso es bueno o es malo?... pues como toda persona adulta sabe, nada es absolutamente bueno o absolutamente malo. La globalización de las relaciones económicas, la cada vez mayor unificación global de la cultura y la comunicación, nos uniformiza culturalmente. Basta visitar un centro comercial en Pamplona o en Sao Paulo y encontrarnos las mismas tiendas, con la misma ropa... sin embargo, esa misma uniformidad cultural, esa evidencia de que todos los seres humanos nacen iguales en derechos, nos ha llevado a que nunca en la historia hayamos sido más solidarios y, por ejemplo, nos movilicemos masivamente y de forma inmediata, cuando una catástrofe natural afecta a una comunidad humana a miles de kilómetros de nuestro hogar.

La ciencia, la tecnología, la industria y, sí, la globalización del comercio, han conseguido que la esperanza de vida, que el bienestar de la humanidad en todo el planeta, sea más elevado que nunca en toda la historia y eso que hemos superado todos los precipicios y alarmas de superpoblación que vaticinaban los peores augurios de Maltus. Nunca los números absolutos y, por supuesto el porcentaje, de personas en situación de pobreza han sido más bajos. Nunca hemos sido capaces de ofrecer alimentos, medicinas, atención sanitaria o agua potable a tantas personas. Nunca la mortalidad infantil ha sido más baja en todos los países del mundo.

Hace 30 años, el hambre asolaba regularmente la India. Hace 40, campaba a sus anchas en Latinoamérica. Hace 50, en China... hoy, el hambre se limita a ciertas zonas de África y casi siempre asociada a zonas en guerra y conflictos armados.

Hoy, los reportajes periodísticos de denuncia se centran en la evidente injusticia que subyace en las malas condiciones laborales y el escaso salario que cobran las trabajadoras de la industria textil en Vietnam y el contraste con nuestra occidental cultura de "usar y tirar" que alimenta esa situación... pero, cuando se les pregunta a ellas, a esas mismas trabajadoras, no quieren ni oír hablar de volver a la situación anterior a la existencia de ese contraste. Su situación anterior era mucho peor.

¿Quiere decir eso que debemos conformarnos?, ¿que el hambre en África debe parecernos "normal"?. No, en absoluto. Solamente quiere decir que el modelo con el que avanzamos funciona. Que debemos corregir sus ineficiencias y equilibrarlo aún más. Debemos lograr la transición hacia una economía baja en carbono, promover la reutilización y el reciclaje y conseguir una verdadera economía circular a nivel global, equilibrando recursos y productos, alcanzando un verdadero Desarrollo Sostenible para todos.

Por favor, si tienen dudas de los que les digo, comprueben en esta herramienta: Gapminder. Elijan el indicador que quieran, los países que quieran, pinchen en la barra inferior para el año de partida y pinchen en "play".... ¿de verdad que piensan que lo estamos haciendo tan mal como dicen? Y, sí, para avanzar en esos objetivos, el comercio es una herramienta fundamental.

Pero, más allá de mi convicción personal en que las bondades de la ciencia, de la tecnología o del comercio, superan con mucho a sus inconvenientes, mi indignación se basa en que todos los argumentos que he escuchado en su contra se basan en abiertas mentiras o en la ignorancia culpable de su emisor:

"Es un tratado secreto que pone en riesgo el espíritu fundacional de la Unión Europea" ¿secreto?, en esta página web la Comisión Europea publica todos los documentos relativos al acuerdo. De hecho, hay demasiada documentación...  y, en fin, "el espíritu fundacional de la Unión Europea", fue poner en común el comercio del acero y del carbón... ah, y favorecer la investigación y el uso de la energía nuclear... ¡qué cosas!.

"Esa estandarización que pretende el acuerdo va a rebajar el nivel europeo de protección del medio ambiente y de los consumidores" Pues el texto del acuerdo dice exactamente lo contrario. De hecho, el hermano pequeño del TTIP, el acuerdo con Canada y cuyas 1.650 páginas pueden consultar en el Diario Oficial de la Unión Europea, dice, literalmente en su artículo 24.5.2:

"Ninguna de las Partes podrá dejar de aplicar su legislación medioambiental o hacer excepciones de la misma, o bien ofrecer que no se aplique o que se hagan excepciones, para fomentar el establecimiento, la adquisición, la expansión o la retención de una inversión en su territorio."

Y, en fin, si leen todo el capítulo 24, podrán ver que reproduce el espíritu con el que se redactan todas las exposiciones de motivos de la normativa de la Unión Europea: favorecer la unidad de mercado manteniendo un elevado nivel de protección del medio ambiente y prohibiendo expresamente cualquier rebaja por parte de cada uno de los países de esos niveles de protección.

"Sí, vale... pero ningún estúpido pondría lo contrario en un tratado" pero... ¿entonces el problema son los tratados o es otra cosa?...

"La multinacionales americanas nos van a obligar aplicar las normas de los Estados Unidos y comer carne con hormonas y peligrosos aditivos" Vayamos por partes: las multinacionales, americanas o de cualquier otro país, no tendrán más remedio que cumplir la normativa que las autoridades europeas impongan. ¿Va el TTIP a modificar la normativa europea?: No. Es absolutamente imposible que los reglamentos y directivas europeas que regulan la seguridad alimentaria se modifiquen sin un proceso regulatorio público en la Comisión, el Consejo y el Parlamento Europeo... es decir, es imposible que el TTIP modifique la normativa europea sin que nosotros, los europeos, queramos modificarla a través de nuestros representantes, con luz y taquígrafos.

Pero, quizás lo que más me llama la atención de esta afirmación, es la absoluta ignorancia del nivel de la regulación americana en este tema. Cualquiera que haya estudiado o trabajado en el campo de la seguridad alimentaria, de los medicamentos o de los cosméticos... sabe que la referencia mundial en este campo es la "regulación FDA"... sí, efectivamente, las normas que emanan de la agencia americana que regula esta materia, la Food & Drugs Administration.

"La multinacionales americanas van a poder opinar sobre proyectos normativos europeos y oponerse a ellos si van en contra de sus intereses" y, para sostener dicha afirmación, hasta enlazan este documento: "TTIP- EU proposal for Chapter: Good Regulatory Practices" que, si lo leen con detalle, no es más que un procedimiento de transparencia bastante estándar en la producción normativa que asegura que cualquiera con un interés legítimo pueda opinar sobre los borradores normativos y que sus opiniones sean escuchadas... lo que no quiere decir que las partes del acuerdo, la Unión Europea y los Estados Unidos, vayan a hacer necesariamente lo que los emisores de esas opiniones digan.

Hoy en día, con la excusa del TTIP o sin ella y gracias a las facilidades que ofrece Internet, todos podemos opinar sobre proyectos normativos. Nosotros lo hacemos constantemente en el proceso regulatorio del Gobierno y el Parlamento Vasco (y hasta, en ocasiones, nos han hecho caso). Lo hace Greenpeace y lo hace FACUA. Lo ha venido haciendo el "poderosísimo" lobby de la industria del tabacom oponiéndose a todas las prohibiciones que la normativa europea y estatal ha ido introduciendo... y fíjense cuanto caso le han hecho.

"La multinacionales podrán demandar a los gobiernos ante tribunales privados si toman decisiones contrarias a sus intereses" y, una vez más, para sostener dicha afirmación, suelen poner como ejemplo titulares como este: "España suma su demanda número 27 por los recortes a las renovables". No deja de ser curioso que, precisamente, se ponga como ejemplo una decisión política que, es evidente perjudica los intereses de los inversores pero, además, parece claro que es perjudicial para el medio ambiente...

En este tipo de acuerdo, las partes no consienten en que los conflictos que puedan surgir de su aplicación los resuelvan los tribunales de una de las partes y suelen crear, o bien acogerse a sistemas ya creados de arbitraje.

Por ejemplo, el CETA entre Canada y la UE, el artículo 8.27 establece cómo se creará el tribunal de arbitraje:

"8.27.2.    En el momento de la entrada en vigor del presente Acuerdo, el Comité Mixto del AECG (CETA) nombrará a quince miembros del tribunal. Cinco de los miembros del tribunal serán nacionales de un Estado miembro de la Unión Europea, cinco serán nacionales de Canadá y cinco serán nacionales de terceros países."

Comité Mixto del CETA que, según se recoge en el apartado 5 de la exposición de motivos: "el Comité Mixto del AECG no es un organismo independiente, y [...] formulará sus decisiones y recomendaciones únicamente por acuerdo entre la UE y Canadá. No restringirá de ningún modo la capacidad de decisión de los reguladores de la UE ni de los Estados miembros de la UE, ni de sus instituciones autorizadoras." y estará formado por representantes autorizados de la UE y de Canada.

¿Privado?, representantes nombrados por los gobiernos...  no sé de dónde sale eso de considerar el arbitraje "privado"... quizás se debe a una confusión con el uso más habitual del término arbitraje, en Derecho Privado Civil y Mercantil... pero, ¿es una confusión excusable o esa afirmación se realiza de mala fe?

Y, entonces llegamos al cenit del debate, cuando alguno te dice:

- "Para entender el TTIP no basta con leer el texto. Interpretarlo con expertos es clave, así como observar dinámicas pasadas." -  a lo que yo, sorprendido, contesto:

- "Dinámicas a las que me dedico profesionalmente desde hace 19 años... ¿soy suficientemente experto?"

- "No. Dinámicas comerciales que involucra la cooperación reguladora desde 1985."

Signifique lo que signifique esta última afirmación.... pero, lo que venía a decir mi interlocutor, es que él, un periodista que presume de llevar un año siguiendo el proceso del TTIP, sí tiene autoridad para afirmar que es el demonio hecho texto legal y yo, un pobre ciudadano, no la tengo para llevarle la contraria...  impresionante.

Voy concluyendo que me he dejado llevar por la indignación...  La oportunidad que abre el CETA y el TTIP es para las pymes. Y esta oportunidad es especialmente importante en nuestro sector. Los costes de lanzamiento de un producto, que incluyen, entre otras muchas cosas, diseño de tipos, homologación, registro, tasas, analíticas, diseño de envases y etiquetas y un largo etcétera, son prácticamente los mismos, vendas 100 toneladas o vendas 100.000. Pero, resulta obvio que repercutir esos costes en el coste unitario de cada una de esas toneladas, no va a ser igual.

Si los costes de lanzamiento habituales y, en fin, no digamos ya si hubiera un sistema de reconocimiento mutuo de registros de sustancias químicas, que ni siquiera el TTIP se atreve a proponer, no deben repetirse en cada mercado, una pyme mejorará su capacidad competitiva de forma sustancial. No permitan que les engañen: la compartimentación técnica de los mercados favorece a las empresas más grandes.

Supongo que, como le sucede a los divulgadores científicos más reputados de este país, estoy dispuesto a debatir con quien quiera sobre el TTIP y estaré encantado de escuchar todos los argumentos contrarios al tratado y a la globalización en general que quieran... pero, en fin, que traten de engañar a la opinión pública, difundiendo mentiras, resulta muy indignante.


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